sábado, 13 de septiembre de 2014

“Chávez nuestro…”

Intentar salvar al gobierno chavista de Maduro con un ¡Chávez nuestro que estás en los cielos..!, delata la clase de gente que está gobernando Venezuela. A renglón del articulista venezolano Gustavo Briceño “Es la difamación del nombre de un dios. Significa pues, que un determinado colectivo, al expresar que Chávez es nuestro y que está en los cielos, intenta asemejar al presidente fallecido con Dios. Es en toda su extensión una inmensa blasfemia y de paso, una manifestación de locura colectiva”.

Lejos de nuestra afinidad política o no, con el llamado Socialismo del Siglo XXI, lo que ocurre en Venezuela, es a todas luces un experimento populista que ha puesto al país al borde del abismo; citando nuevamente a Briceño: “Hugo Chávez Frías ha sido el presidente de Venezuela más nefasto que ha pasado por nuestra historia, desde que Venezuela apareció frente al mundo como una república. Chávez hizo lo que un presidente sano y racional no hubiera hecho jamás en un país como el que tenemos: dividir a los venezolanos y anarquizarlos por el solo capricho de destruir una sociedad que odió y nunca entendió”.

Hacer un buen gobierno no significa encender una bronca generalizada dentro de una sociedad, llenar las cárceles, perseguir a sus detractores, mientras se reparte la vendimia de los petrodólares a diestra y siniestra, para luego quedar desfalcado. Dentro de los gobernantes socialistas en el mundo, han existido estadistas responsables que han optado por el pragmatismo social y económico, esto ha permitido a sus países, abrirse paso hacia un desarrollo democrático y sustentable. Aunque el concepto de populismo parece que todavía está en debate, podríamos resumirlo con el siguiente dicho popular: “Por la plata baila el mono, y por el oro el mono y el perro”, frase que alude al interés de la gente y los políticos por el dinero. Mientras se extiendan migajas, muchos pero no todos, incluso estarían dispuestos a vender el alma al diablo, o por lo menos a mantenerse callados.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Historia idealizada

Al referirnos a nuestra historia, es evidente que pecamos de románticos e idealistas. Siempre ha sido así, nos vanagloriamos de las grandes hazañas de nuestros héroes míticos; y en el caso particular de las culturas indígenas o andinas, ingenuamente la hemos sobredimensionado como la perfección absoluta, en desmedro de la cultura dominante, a la que echamos la culpa de todos los males del mundo y la de nuestra propia desgracia.
Recojo algunas apreciaciones sobre los mitos y verdades del incario, según el blog: manifiesto bizantino. Señala por ejemplo que, uno de los mitos es que en el Tahuantinsuyo no existía la discriminación, cosa que dista de la realidad. Lo cierto es que la etnia inca, era una casta clasista y racista. Es común que cuando un Estado conquista a otro, el vencedor se crea superior. El Sapainca (emperador o rey de reyes), era quien como hijo del sol, garantizaba el orden de las cosas en la Tierra, como único intermediario entre el hombre y los dioses.

El poder inca marginó a muchos pueblos, por considerarlos peor que animales. Para la élite inca era inconcebible que un aristócrata se mezclara con alguien de menos estatus. Era una deshonra hacerlo, tan grande que para evitar la vergüenza, muchos optaron por quitarse la vida. Muchos estudiosos de los incas, han argumentado que en el pasado del Tahuantinsuyo no existió la esclavitud, cayendo en una verdad a medias, pues si hubo esclavitud, pero no del modo sistemático y organizado como en occidente. Los “pinas” por ejemplo, eran aquellos desafortunados, rebeldes y lacras sociales, que eran condenados a trabajar en los cocales oficiales en la selva, en condiciones de vida sumamente extremas.

La civilización inca fue el último aliento de toda la tradición andina milenaria, que se vio truncada con la llegada de los españoles. Muchos historiadores señalan con razón, que se estaba gestando una especie de sistema feudal muy primario, que posiblemente se hubiese concretado con características propias, si los peninsulares seguían aislados al otro lado del mundo.